TERRORISMO CENTENARIO EN LA ARAUCANÍA

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Publicado el 15, septiembre, 2010

***Testimonios de representantes de la prensa chilena e Iglesia Católica de los horrores que sufrieron los primeros torturados de la historia de Chile.

Desde 1907 en adelante, dos periodistas de reconocida objetividad, famosos por ser íntegros e incorruptibles, Aurelio Díaz Meza de El Mercurio y Las Ultimas Noticias y Oluf Erlandsen de El Correo de Valdivia y otros diarios extranjeros, trataron de contrarrestar, principalmente a través de artículos periodísticos, ciertas imágenes negativas que para ellos eran una de las causas por las que el estado chileno y la sociedad capitalina de Santiago mostraban poco interés en las injusticias que sufría el pueblo mapuche, pues, en opinión del periodista Diaz Meza, “influyen desfavorablemente en el ánimo de los hombres de Gobierno y en la prensa”.

En general, los indígenas eran calificados por los chilenos blancos como “melancólicos, viciosos y flojos” y el periodista Oluf Erlandsen cuenta que, especialmente de los mapuches, se decía, “….existe la creencia de que los indios son escasos y cobardes, y esto alienta al mayor número de los que hoy son ricos propietarios en esas regiones para molestarlos, para robarles, estrecharlos y aún matarlos. También se dice que los indios son holgazanes, que no cultivan los terrenos ni se dedican a ninguna ganadería. La historia nos pinta al indio de Chile como guerrero tenaz, valiente y rebelde, pero holgazán, ladrón y mentiroso. Pues bien, no es ese tipo general del indio de hoy….se nota en la raza araucana un cambio notable… desde luego, podemos adelantar que el espíritu bélico predominante en el antiguo araucano ha desaparecido por completo. El mapuche es ahora sumiso y excesivamente tímido….ante la pérdida masiva de territorio, los crímenes y la usurpación de tierras que los mapuches de Panguipulli sufrían, éstos no parecían encontrar salida a la situación. Las leyes estaban en su contra, puesto que al ser considerados como menores de edad dependían de oficiales, muchas veces corruptos, para defender sus tierras…”

¿Qué testimonio entrega el padre capuchino, Fray Sigifredo de Franenhands, evangelizador de aquella época en la Araucanía?
Sin duda sus relatos revelan la crueldad con que se les trataba a los mapuches : “…por aquí impera el capricho y la audacia. El derecho no existe. El libertinaje es el señor y de él nacen el robo, la violencia y el asesinato. En los dos años que yo estoy en esta selva, se han cometido varios asesinatos de indios, que han quedado impunes, a pesar de saberse quiénes son los autores o instigadores. Sé y puedo decirles que antes de que llegara a establecerse en el lago Panguipulli la COMPAÑÍA GANADERA SAN MARTÍN, los indios de estos alrededores vivían tranquilos, felices en su vida patriarcal y primitiva. Tenían sus canoas conlas cuales cruzaban el lago y hacían su comercio sin contrapeso. Nadie robaba a
nadie, porque los indios de una misma reducción no se roban.Todo fue a raíz de establecerse la Compañía en estos sitios para que cambiara inmediatamente la vida….entre ambas
entidades se estableció la tirantez que actualmente existe. La Compañía trajo un vapor ….este vapor, obedeciendo órdenes del gerente de la Compañía, echó a pique o apresó todas las canoas de los indios y los redujo a la impotencia. Hoy no se ve en el lago ni una sola embarcación indígena, y los naturales tienen que rodearlo a pie cuando necesitan ir de un punto a otro…el vapor les pide un pasaje cuyo valor no pueden cubrir. El que se le quite a un indio su terreno a pedazos, destruyendo sus cercos y haciéndole otros dentro de su propiedad, es corriente, y ya no me sorprende cuando vienen los indios a avisármelo..”.

El periodista Diaz Meza agrega en sus testimonios que, “como no es posible anotar todos los casos que se nos presentaron, de las distintas formas en que se les explota, a saber: engañándolos, robándoles sus terrenos y animales, flagelándolos y asesinándolos….hay un “propietario” en los alrededores del fundo y reducción de Quilche , don Adolfo, caballero que ha hecho compras a los indios en extensiones que no bajarán de cincuenta o setenta mil hectáreas. Los indígenas de Quilche, con su cacique Lorenzo Carileu, son los genuinos propietarios desde remotos tiempos del
fundo de ese nombre y forman la colectividad legal que se llama reducción. Entre don Adolfo y otros señores hicieron un convenio para despojar a algunos de los indios de Quilche de buena parte de sus terrenos y llegaron hasta el asesinato. Uno de estos indios de Quilche, llamado Antelef Compayante, que vivía cercano a la casa de don Adolfo, recibió un día un recado de este señor, por el cual se le invitaba a pasar a su casa. Antelef no sabe hablar en castellano, pero como el sirviente que le daba el recado era medio indígena, no tuvo inconveniente en acudir a la invitación. Don Adolfo lo recibió en el corredor y le dijo por intérprete que le dejara los terrenos que ocupaba en Quilche, porque él los había comprado y que a fin de que no quedara descontento le iba a dar plata y algunos animales. El indio contestó que no vendería ningún pedazo de su terreno y que no quería plata pues estaba muy bien en sus posesiones. Don Adolfo insistió y terminó diciéndole que si no accedía quedaba preso y que lo llevaría a la cárcel de Valdivia. Y efectivamente, el pobre indio fue amarrado y encerrado en un rancho, donde
en esa condición pasó dos días casi sin comer, hasta que fue llevado a Valdivia.
Dice Compayante que en esa ciudad lo tuvieron siempre amarrado de las manos por detrás, en una casa y que lo único que le pedían era que vendiera el terreno y que nada más le pasaría. El indio reclamaba débilmente, en su ignorancia, del trato que le daban y por fin lo volvieron a Quilche. Cuando llegó a su tierra la encontró arrasada; su ruca, sus cercos y víveres, animales, etc. habían desaparecido y el terreno estaba una parte barbechado y la otra parte en trabajo. Desesperado, Compayante empezó a indagar el paradero de su mujer, hijos y animales y pronto
supo por los mismos inquilinos de don Adolfo que habían sido llevados hacia una quebrada inhabitable en que apenas los cabros pueden tener acceso. Allí como Dios le había dado a entender, la india, mujer de Compayante, había armado la ruca para guarecerse con sus hijos. A causa de no tener dónde pastar, los animales del indio habían muerto de hambre o despeñados en la quebrada.

Vecino a sus posesiones de Puleufu vivía el indio Antonio Millahuala en un terreno que hasta entonces había escapado a las intentonas de don Adolfo quien había hecho lo indecible porque el indígena le vendiera o le cediera sus derechos. A pesar de que la violencia ya la había ejercitado otras veces para quitarle terrenos a los indios, se le hacía trabajoso al hombre cometer un crimen tan a sangre fría. La casualidad vino en ayuda de don Adolfo. Una noche entraron ladrones a sus corrales y le robaron una ternera de año. La bolina al día siguiente fue grande. No había rastro alguno del ladrón y don Adolfo y sus inquilinos se perdían en conjeturas. Buscaron, indagaron, pero sin resultado alguno. Pasados algunos días se le ocurrió a don Adolfo que con lo del robo podía sacar algún partido. Acompañado de dos o tres sirvientes, se dirigió a la posesión de su vecino Millahuala y sin más trámite lo amarró sobre un caballo y lo llevó a su casa. Lo encerró enseguida en la bodega y por mano de dos peones le hizo aplicar una tunda de azotes que le abrieron las carnes. El indio lloraba y gritaba preguntando por qué se le castigaba. Don Adolfo decía que por ladrón, pues sabía que él se había robado la ternera. El indio protestaba en balde y a fin de que no se
oyeran sus gritos se le mandó poner mordaza.
Don Adolfo se había empeñado en que Millahuala le prometiera irse de su vecindad y como el indio no quisiera acceder, le hizo colgar del cuello con un nudo firme para que no se ahorcara, mientras un sirviente lo tiraba de las piernas. Enseguida lo bajaron, lo volvieron a colgar de los brazos y le dieron otra azotaina con lo cual el indio se desmayó. Ante este espectáculo, don Adolfo ordenó que desataran al infeliz y lo tendieran sobre unas pajas, donde lo dejaron pasar la noche. Al amanecer, el indio recuperó los sentidos y, al verse solo y desatado, huyó de la casa saltando cercos y murallas.
Al día siguiente, Don Adolfo lo hizo buscar por todas partes, incluso en su posesión, pero ni el indio ni su familia estaban allí. Pasó una semana y todas las informaciones decían que Millahuala había emigrado a la Argentina. Don Adolfo aprovechó de esta ausencia para quemar la ruca y cercos del fugitivo y encerrar sus terrenos, que habían sido su deseo vehemente durante tanto tiempo. Como al mes después de estos hechos, apareció la ternera robada a don Adolfo en poder de un conocido ladrón de animales, el cual confesó su delito sin mayor esfuerzo, ante el Juez de distrito. Don Adolfo tuvo tal vez un poco de remordimiento, pero luego lo tranquilizó la idea de que Millahuala, su víctima, estaba muy lejos y no volvería”.

¿Terrorismo del Centenario? Claro que sí, y fueron crímenes cometidos por criminales que se disfrazaron de colonizadores. Usurparon tierras a destajo y se enriquecieron en la forma más aberrante que nos podamos imaginar.

La historia de la Araucanía está manchada de mucha sangre de inocentes y hasta hoy, ese pueblo no encuentra justicia.

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